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Cuando Judas llega acompañado por una turba numerosa para detener a Jesús, Pedro se despierta. Su primera reacción es la de tomar la espada lleno de ira. Los discípulos dicen a Jesús, quizá por boca de Pedro: "¿acometemos con la espada? Entonces Simón, que tenía una espada, la desenvainó e hirió al siervo del pontífice, cortándole la oreja derecha"(Jn). Jesús cura al herido y rechaza la violencia, le detienen y "todos los discípulos huyeron". Pedro también, a pesar de las promesas. La huída dura poco. Se dispersan los discípulos. Juan y Pedro permanecen juntos y hablan con agitación sobre los hechos. Juan debió proponer acudir a la casa de Caifás donde sabían estaba Jesús. Y van allí. ¿Para qué? Ni ellos mismos lo sabían muy bien. Al menos pueden acompañarle lo más posible. Su irreflexión bienintencionada les lleva a ponerse en una situación peligrosa.

Las negaciones fueron tres, en tres circunstancias distintas ante tres personas diferentes. La progresión en la intensidad de la negación desvela mejor la gravedad de la caída de Pedro. No fueron sus negaciones una evasiva ante una pregunta indiscreta, sino una negación que incluirá juramentos, es decir, poner a Dios por testigo de una falsedad. Al menos las dos últimas negaciones fueron claramente pecados graves.

La primera negación fue así: "Y seguía a Jesús Simón Pedro y otro discípulo. Este otro discípulo era conocido del pontífice y entró con Jesús en el palacio del pontífice mientras que Pedro se quedaba fuera, en la puerta. salió el otro discípulo, conocido del pontífice, habló con la portera e introdujo a Pedro”(Jn). Y dice la portera a Pedro "mirándole fijamente"y comentando que estaba con Jesús el galileo: "¿No eres tú también de los discípulos de este hombre?" Él respondió: "No soy". Los siervos y los guardias que habían hecho fuego, pues hacía frío, estaban calentándose. Estaba también Pedro con ellos y se calentaba"(Jn). Pedro inquieta añade: "No sé lo que dice", "ni sé ni entiendo lo que tú dices", "mujer, no lo conozco"(Lc).

Es posible reconstruir con un cierto orden los hechos. Juan marcha a conseguir un permiso para entrar el el atrio del palacio del pontífice, Pedro permanece en la puerta. En lugar de callar es indiscreto y habla con aquella mujer, la cual, como suele suceder en su oficio, era curiosa y percibe tanto el nerviosismo y agitación de Pedro como su inconfundible acento galileo. Pedro no piensa que el hombre es esclavo de sus palabras y dueño de sus silencios. La primera negación es fruto de imprudencia y de irreflexión. Juan habla con la portera y garantiza la personalidad de su amigo.

La portera abrió la puerta al desconocido con una cierta desconfianza. Le nota nervioso y huidizo. Y decide no perderle de vista. Pedro piensa que la mejor manera de pasar inadvertido es hacer lo que los demás hacen: se acerca al fuego, y allí se produjo la segunda tentación. Pedro se coloca a plena luz ante el fuego, un poco por frío, y otro poco para aparentar naturalidad. Cuando Pedro sintió la mirada de la criada que le examinaba fijamente, desvió la vista algo asustado. Lo lógico era percibir un peligro, huir o declararse discípulo de Jesús, pero no hizo ni lo uno, ni lo otro. Y llega la negación previsible, pero imprevista. Se desentiende de lo que más entiende, no sabe lo más sabido, niega ser discípulo del Maestro amado. Hacía sólo unas cuatro horas que había asegurado que estaba dispuesto a morir por Él; pero una simple pregunta bastó para que negase conocer a Jesús.

Cuando quiso reflexionar ya estaba consumada la negación. Pedro se va asustando de un modo poco lógico para un hombre realmente valiente. Se levanta del grupo, y se esconde en el pórtico que rodea el patio cuadrangular. La portera no se conforma con la contestación, habla con otras, le miran y le observan, hasta que otra criada "dijo a los presentes: éste estaba con Jesús el Nazareno", ha conseguido centrar la atención de todos que miran al desconcertado Simón, e insiste: "éste es uno de ellos"; uno de los presentes le dice directamente: "tú eres de ellos"(Lc).

La criada era terca, y todos están pendientes de Pedro. La respuesta ya no puede ser evasiva. Vuelve a repetirse el dilema anterior, pero más claro e inevitable. ¡Qué oportunidad tan buena para declararse discípulo de Cristo y morir por él si fuera preciso! Pero Pedro está ya interiormente desmontado, y niega, una vez más, conocer a Jesús y ser discípulo suyo. "No conozco a ese hombre"; es más, no soy discípulo suyo. La magnitud de la negativa es mayor en esta segunda negación. Poco antes, de un gallinero cercano había cantado un gallo, pero Pedro no lo oyó.

En pocas horas Pedro ha recibido muchos golpes. El miedo le atenaza, le faltan las fuerzas, actúa con imprudencia. No sabe qué hacer. Quizá en aquel momento Juan intenta llevárselo, pero no puede, o no sabe hacerlo. A una caída sigue otra, si no se sabe rectificar a tiempo o huir de la ocasión decididamente.

Esta negativa tan rotunda le da un respiro; los criados se calman. Pero no del todo. Cuando el proceso de Jesús ante Anás concluyó, el grupo que se agolpa junto a la puerta vuelve al calor del fuego. Y, junto a los soldados, vinieron los criados del pontífice que habían participado en el prendimiento de Jesús y luego en el proceso.

Uno de ellos era precisamente un pariente de aquel Malco a quien había cortado Pedro la oreja. Se le quedó mirando y volvió a inquirir si no era él uno de los discípulos del procesado: "¿No te vi yo en el huerto con él?"(Jn). Las dudas no disipadas de los demás renacen y se vuelven contra él con fuerza: "Verdaderamente tú eres de ellos, pues tu habla te descubre"; al argumento de "que eres galileo" se une la afirmación del pariente de Malco. El grupo rodea amenazador a aquel galileo desconocido. Entonces se produce la tercera negativa y Pedro visiblemente aturdido "comenzó a maldecir y a jurar: yo no conozco a ese hombre"(Mt).

La tercera negativa carece de subterfugios; no es la evasiva de la primera cuando aduce no conocer o no entender; tampoco es el desprecio a "ese hombre" ya con juramento, es decir con pecado grave contra el segundo mandamiento de la ley de Dios; sino que, esta vez, está lleno de maldiciones.

"Y enseguida cantó por segunda vez un gallo, y se acordó Pedro de la palabra que Jesús le había dicho: "antes de que el gallo cante dos veces me negarás tres". Y recordándolo, lloraba". Cantó el gallo, y Pedro volvió en sí. Jesús sale entonces de la casa de Anás a la de Caifás, y en el revuelo de la salida, sus miradas se cruzan. Jesús le mira con compasión. Pedro se da cuenta de lo que ha hecho y "salió fuera y lloró amargamente"(Mt).

La amargura y las lágrimas de Pedro arrojan mucha luz sobre su conducta. El pecado de Pedro no fue falta de amor, sino debilidad y presunción. Acude al palacio del pontífice por amor, se queda allí por amor, pero era más débil de lo que pensaba. Su negación no es falta de fe, sino debilidad pasajera. Estaba fuera de sí cuando negó al Señor, como el hijo pródigo de la parábola. Por eso, cuando vuelve en sí, la amargura inunda su corazón.

Al volver en sí comienza una nueva tentación más terrible que las anteriores: la desesperación. Judas también se arrepintió de su traición y reconoció que había entregado sangre inocente, pero desesperó y se ahorcó. Cabía que sucediese algo similar a un hombre tan apasionado como Pedro. Un dolor demasiado intenso puede anular la mente o desalentar el corazón hasta extremos tan abismales que lleven hasta el suicidio. Pero una mirada le salvó. Los ojos de Jesús, que no lograron desarmar a Judas, produjeron un vuelco en el corazón de Pedro.

Jamás olvidaría Pedro esa mirada: el relámpago de aquellos ojos le dijo más que mil palabras. Y, probablemente, recordó al mismo tiempo, otras palabras recientes de Jesús: "Simón, Simón, he aquí que Satanás os ha reclamado para cribaros como el trigo. Pero yo he rogado por ti para que no desfallezca tu fe, y tú cuando te conviertas, confirma en la fe a tus hermanos"(Jn). Ahora entiende los avisos del Señor: la tentación era superior a las fuerzas humanas, era una tentación diabólica. No eran las criadas, o los soldados, los que le han asustando, sino el mismísimo Satanás con la colaboración de su imprudencia y su presunción. La oración de Cristo ha impedido que el diablo lo destrozase, y, gracias a eso, en medio de su pecado conserva la fe y se arrepiente.

 

TRES ES EL NUMERO PERFECTO

 

Tres son las PERSONAS PRIMORDIALES,
los años ocultos del Mesías fueron treinta,
tres los Reyes Magos y la Sacra Familia,
multiplo de tres los dóce apóstoles,
tres en el Tabor y tres en el Calvario,
fueron también tres los años públicos,
las negaciones tres y las horas de la cruz,
tres veces Cristo dijo: "¿Tú, me amas?",
las consultas de los jefes fueron tres,
Pilato vaciló tambien tres veces,
treinta monedas fue la tasa para Cristo
y el velo del templo se rasgó a las tres.
Al tercer día resucitó de entre los muertos.
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.

En los relatos de la pasión, si exceptuamos a Jesús, ninguna figura recibe mayor atención que Pedro. Los evangelistas discrepan al narrar muchos detalles importantes de los últimos días de Jesús (lo que dijo en la Última Cena, quién estaba presente en su crucifixión, qué palabras dijo desde la cruz), pero los cuatro evangelios concuerdan al narrar que Pedro negó tres veces a Jesús. En ningún otro tema de los relatos de la pasión los cuatro evangelios están tan de acuerdo. El relato de las negaciones de Pedro es una narración muy intensa, llena de detalles coloristas, que cautivó la imaginación de los primeros cristianos y permaneció grabada en su memoria: Pedro siguiendo a Jesús, tímidamente y a distancia, hasta el patio del sumo sacerdote; calentándose junto a la buena hoguera donde una criada lo reconoce; deslizándose furtivamente fuera de la escena para escapar a las insistentes preguntas de ésta; los presentes reconociendo su acento galileo; Pedro retrocediendo, en tres pasos sucesivos, de la evasión a la negación, a la maldición y al juramento; el canto del gallo y la mirada de Jesús a Pedro justo en el momento de la tercera negación; Pedro recordando las palabras proféticas de Jesús y llorando amargamente.

Es importante, al reflexionar sobre las negaciones de Pedro, recordar que estas tienen un preludio y una continuación.

Fijémonos en tres escenas del preludio. En la primera, una escena pacífica, Pedro profesa públicamente su fe en Jesús (Mc 8, 29; Mt 16, 16); pero ahora, al comienzo de la pasión, bajo juramento, niega conocerlo. En una segunda escena, en la Última Cena, Pedro afirma: “Aunque todos fallen, yo no” (Mc 14, 29), evocando la profecía de Jesús: “Te aseguro que hoy, esta misma noche, antes de que el gallo cante dos veces, tú me habrás negado tres” (Mc 14, 30). Pedro insiste: “Aunque tenga que morir contigo, jamás te negaré” (14, 31); pero sus palabras son una pura bravuconada. El evangelio de Marcos concluye la Última Cena de modo abrupto con este vano alarde y el drama se traslada al Huerto de los Olivos, donde tiene lugar la tercera escena del preludio. En el huerto, Jesús dice a Pedro, Santiago y Juan: “Vigilad y orad” (cf. Mc 14, 34-38). Éstos se duermen. Luego Jesús se dirige de modo particular a Pedro: “Simón, ¿duermes? ¿No has podido velar ni siquiera una hora? Velad y orad para no sucumbir en la prueba. El espíritu es decidido, pero la carne es débil” (Mc 14, 37-38). ¡Velad! ¡Orad! En el preludio, Pedro no hace ninguna de las dos cosas. No se prepara para la gran prueba que está por acaecer.

El significado de todo esto, de manera especial en el evangelio de Marcos, es muy claro. Marcos nos está diciendo que el discípulo citado en primer (1, 16) y último lugar (16, 7), el que primero profesó públicamente a Jesús (8, 29), el que alardeó de su disposición para seguir a Jesús hasta la muerte (14, 31) se durmió, no rezó, huyó en el momento decisivo y negó, jurando, conocer en absoluto a Jesús. Estaba del todo falto de preparación para cargar la cruz con el Señor y seguirlo (8, 34)

Ciertamente la continuación del relato es mucho más gozosa. Aunque Pedro es torpe para creer incluso tras la resurrección (cf. Lc 24, 11), Jesús se le aparece (Lc 24, 34) y le conduce al arrepentimiento para que, una vez convertido, comience a fortalecer a los demás (cf. Lc 22, 32). En paralelismo con sus tres negaciones, Pedro confiesa por tres veces su amor al Señor (Jn 21, 15-17). Toma el puesto como jefe de los Doce, evangelista de los circuncisos (Gal 2, 7) y pilar de la iglesia de Jerusalén.

Desde la tarde del Domingo de Ramos hasta el mismo Sábado Santo, ya con Cristo amortajado, camino del sepulcro, son miles las saetas que el pueblo andaluz canta a sus Dolorosas y a sus Crucificados. Cuando se a cerca el paso de misterio, el pueblo empieza a vivir ese ambiente especial que rodea al mismo. Es un ambiente de identificación, que nos acerca e incluso nos incluye en la escena que vemos representada frente a nosotros. Hay veces, momentos concretos, en que se dijera que formamos parte de esa escena, que somos uno más de los que van a prender o a crucificar al Nazareno de la triste mirada, que está allí parado, detenido en el espacio y en el tiempo, ante nosotros, que estamos allí también, impasibles; a solas frente a su terrible agonía. Y entonces nos sentimos más pequeños y miserables que nunca.

Amarrao a una columna
Le escupen y agofetean
Y lo coronas de espina,
Y la sangre le chorrea
Por su carita divina.

Y somos nosotros mismos los que estamos escupiendo, abofeteando y coronando de espinas a ese Dios indefenso, amarrado a la columna, tremenda columna amasada con la piedra de nuestras maldades, de nuestras blasfemias y de nuestros pecados. Y fue tan grande el martirio que...

Llegó a sudá sangre pura
De pasá tanto quebranto;
Y tomó er coló der lirio
Su cuerpo de marfi santo.

El pueblo cristiano andaluz, el pueblo sencillo y llano, podemos afirmar que siente y vive la Pasión, intensa y profundamente. De ahí esa creación sublime de su saeta, escrita y musicada con amorosa ingenuidad. La saeta, que vibra en el aire y es siempre antena receptora, que capta y recibe la angustia metafísica de nuestro pueblo; haciéndose alucinante transmisora del sentir colectivo, para narrar con indescriptible realismo los sufrimientos de Jesús.

Jesús mío Nazareno
Que vas sufriendo y penando,
Y ese maldito judía
De tu cuerpo va tirando.

La saeta está siempre con Cristo, acompaña siempre a Cristo, desde la misma noche de la última Cena, cuando es Cristo quien pregunta...

<<¿Cuál de vosotros, discípulos,
morirá por mí, mañana?>>
El uno al otro se mira
Y ninguno contestaba.

Y ya, desde que Jesús es traicionado, vendido y hecho preso, el pueblo se adentra con su copla voladora, negra y rápida como una golondrina, en el drama sacrosanto. Las escenas de la Pasión, que desfilan sobre luminosos pasos ante sus ojos, más que verlas las imagina cómo debieron ser en realidad. Así, cuando Judas guía a los que van a prender al Maestro, camino del Huerto de los Olivos, el hombre andaluz cantará de esta forma tan gráfica:

Cruda la noche y lloviznando,
Judas llevaba el farol
Y alumbraba el camino
Donde estaba el Redentor.

Y luego, entristecido, el saetero cantará con infinita dulzura:

Juntito a los olivos,
Esos judíos traicioneros
A mi Jesús de mi arma
Ya se llevan prisionero.

Desde ese mismo momento, la saeta no dejará a Jesús ni un solo instante. Le seguirá, como un discípulo más, paso a paso, y estará junto a él en cada momento trascendente, en cada encrucijada fatal que habrá de llevarle al Calvario. Y escuchará las tres negaciones de Simón Pedro, la primera en Casa de Anás...

Mientras que Anás preguntaba
A Jesús por su doctrina,
San Pedro a la lumbre estaba
Entre muchos que allí había;
Le conoció una criada
Y le dijo: <<Tú eres Pedro,
De la compaña de Cristo>>.
--Que yo me caiga aquí muerto,
Que a ese hombre nunca he visto.

La cobardía de Pedro queda perfectamente reflejada en esta larga y vieja saeta, saeta doble por su estructura, ya en desuso, que ha llegado hasta nosotros por su inmenso poder descriptivo. Segunda negación de Pedro...

En el patio del Califas
Estaba Pedro y dijo así:
<<yo no conozco a este Hombre,
ni discípulo suyo fui>>.

Poco después, mientras el pontífice sigue interrogando a Jesús, a punto ya la hora del alba, para que se cumplieran las palabras del Maestro, Simón Pedro niega por tercera vez...

En el patio del Caifás
Cantó el gallo y dijo Pedro:
<<yo no conozco a este Hombre,
ni tampoco es mi Maestro>>.

Llevaron después a Jesús al pretorio, a declarar ante Poncio Pilatos, quien no le haya culpa, no queriendo condenarle; pero tampoco quiere enemistarse con el César Tiberio, soltando al que se hace llamar el Rey de los Judíos. Y por eso el pueblo canta:

Pilatos por no perdé
Er destino que tenía,
Firmó sentencia crué
Contra er Divino Mesía.
¡Lavó sus manos después!

La saeta no deja a Jesús y, atónita, cuenta cómo...

Ya lo llevan, ya lo traen,
Ya lo coronas de espina,
Y la sangre le chorrea
Por esa cara divina.

El pueblo sabe muy bien que no son flores las que colocan sobre la cabeza del Hijo del Hombre...

La corona del Señor
No es de rosas ni claveles,
Que es de espinas de zarza
Que le traspasan las sienes.

Y cuando Jesús carga con la cruz a cuesta, camino del Gólgota, el saetero eclamará...

Mirarlo por donde viene
El mejón de los nacío,
Con la crú sobre los hombros
Y el rostro escolorío.

Son muchas las saetas piadosas que salen al paso de Cristo, como mujeres verónicas, que le buscan por callejas y esquinas de su tortuoso Vía-Crucis...

La Verónica bendita
La carita te secó,
Y se queó en la toalla
Pintá con sangre y sudó.

Y cuando cae Jesús, una y otra vez, el saetero cantará de esta o parecida manera...

¿Qué es aquello que reluce
en aquél monte florido?
Es Jesús de Nazaret
Que con la crú sa caío.

Las saetas vuelan hasta la misma cruz del Salvador, horrorizadas por el tremendo martirio. El pueblo comprende, entoda su infinita dimensión, la tragedia que contempla sus ojos. Jesús ha muerto en la cruz y el llanto se hace saeta, se hace cantar agonizante.

El sol se vistió de luto
Y la luna se eclisó,
Las pieras se quebrantaron
Cuando el Señor expiró.

Ya murió mi  Padreamado,
Ya murió mi Redentor;
Ya murió en la cruz clavado,
Mi Dios, mi Padre y mi Amor.
La tierra sintió su muerte
Y los cielos se nublaron,
Las sepulturas se abrieron,
Los muertos resucitaron,

Y aún la saeta, vestida de negro luto, irá al entierro de Cristo, para cantarle por última vez, ya sin voz y sin fuerzas...

Es tan estrecha la cama
Donde Jesucristo duerme
Que por no caber en ella,
Un pié sobre el otro tiene.

En la calle la Amargura
Hallé a una mujer de luto;
Le pregunté <<¿quién s'ha muerto?
Y me dijo: "el que hizo el mundo>>.

Pero la saeta, por ser un canto religioso popular, que rebosa en todas sus letras una inmensa ternura, al cantar los misterios de la Pasión de Cristo no podía cantar a éste, sin cantar también a la Madre, que le sigue con el corazón partido por las calles de Jerusalén, estando presente en todas las escenas del dramático Vía Crucis. Y si son muchas las saetas que le cantan al Hijo, más son las que le cantan a la Celestial Señora, como queriendo ampararla en sus angustias y desconsuelos, tratando siempre de consolarla con piropos y palabras llenas de cariño, que denotan un amor profundísimo:

De las flores más bonitas
Voy a jacé una corona,
Pa ponérsela a María
Hermosísima Paloma.

De las alas de un mosquito
Hizo la Virgen su manto,
Y le salió tan bonito
Que lo estrenó el Viernes Santo,
En el Entierro de Cristo.
Bendita seas María,
Porque tú bendita eres,
En el Cielo y en la Tierra,
Y entre todas las mujeres.
Eres de la mar estrella,
Del Cielo divina Escala,
Emperatriz de los cielos
De los hombres Abodaga.
La Virgen de las Angustias
Se acerca entre mil luceros;
Viene derramando gracias
Bajo el azul de los cielos.

Estas y miles de coplas más, se convierten en saetas, en boca del pueblo andaluz, para rezar cantando a la Madre de las Angustias, de la Soledad, de los Dolores, de la Amargura y del Desamparo, cuando transita bajo sus pasos de palio,  reflejando en su divina cara todo el dolor y todo el sufrimiento del mundo, tras las huellas del Nazareno o junto al árbol de la Cruz.

El especial y delicado marianismo de nuestro pueblo, amor, suspiro y oración, se enreda cada Semana Santa, hecho girones de saeta flamenca, en las coronas de nuestras Vírgenes y en las candelerías de los suntuosos pasos que las transportan. Es el más vivo y apasionado reflejo de un pueblo, sencillo y alegre como el nuestro, que canta mejor que habla, y que para identificarse con la pasión inventó el grito desgarrado de la saeta, como plegaria y como piropo.

Que si al Hijo que muere en la Cruz, Andalucía le canta con fe y con esperanza de Resurrección, a la Madre que no le abandona y va tras El, afligida y llorosa, dolorida y angustiada, le canta con caridad, con el amor más grande, con la devoción más honda, poniendo su corazón y su alma a flor de labios, en cada saeta y en cada mirada, para que la Virgen nunca se sienta sola, en esta tierra que es su tierra, la Tierra de María Santísima.

Como bien dijo el poeta jerezano Julián Pemartín,

<< Se ha detenido el altar,
y de un corazón contrito,
brota a los aires un grito,
que se va haciendo cantar...>>.

Así nace la saeta. Así es la saeta.

 

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